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Leer la novela de Josemaría Camacho, me ha provocado diversas emociones. Me ha recordado aquellas lecturas, cada vez más difíciles de encontrar, en las que, al rebasar la mitad del libro te encuentras nuevamente desnudo, a punto de volver a darte el duchazo, porque el que acabas de darte ya se perfila como un recuerdo más bien incierto. Te preguntas si tienes la toalla en las manos porque ya te secaste, o porque la vas a necesitar.

Interruptus renueva esa sensación de poner mucha atención en los personajes, después de ya haberlo hecho desde el planteamiento primero, cuando ya habías superado el arranque y llevabas tu máquina de lectura en velocidad de crucero. Es refrescante, se agradece en contraste con ese mundo de novelas monotónicas, ensimismadas en su semántica literaria, en su regodeo por el lenguaje críptico y abigarrado.

Interruptus es musical, porque donde hay ritmo existe la posibilidad de la música. Josemaría nos plantea un ritmo “interrumpido” verbi gratia el título de la novela, que además de presagiar el destierro de narrativas estáticas, embebidas y auto contenidas, permite la repetición, la acometida sensual en el tejido narrativo al que nos arroja, como al vaivén de una hamaca.

Como más de alguna suspicacia podría exigir, confirmo agradecidamente que Interruptus es fresco y cachondo. Habla de Córdoba, Veracruz, ciudad donde se plantea la humedad específica de la concupiscencia de los personajes, que más que amarse, o desearse, se lamen bajo la arquitectura de una metaficción ingeniosa.

Cuando hablo de cachondería, y del morbo de lo prohibido, me da pie a explicar mejor la naturaleza de este texto, cuya destacada hipérbole descubre no sólo los instintos básicos de los personajes, que dicho sea de paso, se manejan como personajes de libro, pero de “libro”, entrecomillado, como caso clínico, como en manual de psicología. Los personajes son impecables y nítidos, como el Cloud Gate de Anish Kapoor en Chicago (que por cierto aparece en la novela), su superficie curva refleja, en el trajín de sus desventuras, a un nuevo personaje que vibra con los muslos de Elena, y que se sitúa inusitadamente en la figura del escritor.

Para quienes disfrutan de los retos de percepción, de forma y figura, de artimañas de la Gestalt, encontrarán en que la discursividad de Interruptus se repliega en un mundo Escheriano, entre escaleras interconectadas, un ride a lo Mohebius, donde el texto A, y el Texto A1 se convierten en un texto hiper A, narrador en busca de personajes, que me recuerda lo inverso: a Luiggi Pirandello en 6 personajes en busca de un autor.

Me gusta que en Interruptus hay una preocupación filosófica, un cuestionamiento que va más allá de las acciones de los personajes. La pinza del destino es la pregunta que subyace a los textos que nos invitan a la reflexión de la existencia de la libertad, del destino, y le da una nueva interpretación a la frase “estaba escrito”, clave en la que no puedo ahondar, para no revelar de más a quienes no han leído la novela aún.

Por primera vez, una novela de esta factura, con un ambiente tan específico, como lo es el sureste mexicano, se termina de escribir justo cuando estás leyendo el antepenúltimo párrafo, por única vez sientes que el destino es una metáfora de la literatura y visceversa, y leer este volumen, bien llevado en forma y estilo, pone a prueba el punto de vista del lector, como lector invitado… como segundo lector, porque ustedes no lo saben aún, pero ustedes serán un lector / lectora acompañados de otros más que viven en el universo de Camacho.

No es fácil asumir este reto. Paseando por la segunda parte de la novela me di cuenta de lo ambicioso del proyecto Interruptus, los tiempos verbales sostenidos con oficio; los descansos y remontes que este texto autorreflexivo impone, son dignas y afortunadas.

Sexo, soledad, filosofía, políticos corruptos, la ciudad de Córdoba, intrigas, complicidades, y más, les espera dentro de esta novela primera de Josemaría.

¡Enhorabuena!

Interruptus. Josemaría Camacho. Luzzeta Editores (2016)